Retiro en la Pascua de 2020

 

 

 

AÚN ES TIEMPO

La resurrección como tiempo propicio para alimentar el sueño de recrear la comunidad de Jesús 

 

         El tiempo de Pascua es un tiempo para el ánimo, para el coraje. Tiempo bueno para sueños y utopías. Si los sueños mueren, el cadáver somos nosotros. Por eso, se puede vivir el tiempo de Pascua (siempre en el afán de que no pase en balde) como un tiempo propicio para alimentar el sueño de recrear la comunidad de Jesús, aquello tan simple y tan verdadero de que «uno es vuestro Padre y todos vosotros sois hermanos» (Mt 23,10).

Decir que “aún es tiempo” no quiere decir que la cosa sea para ahora mismo. Al hablar de recrear, se está dejando de lado, como opción, el recuperar porque se cree que esto es, a la larga, más difícil que aquello. Para muchos queda demostrado, y con creces, que la posibilidad de recuperación se ha alejado. Los benévolos intentos que se han hecho, tanto a título personal (desde san Francisco hasta el papa Francisco) como colectivos (el Vat. II y los últimos Sínodos a modo de ejemplos) arrojan para muchos creyentes el mismo saldo: todo sigue más o menos igual en un estado de cosas que hace que la recuperación de la Iglesia sea tan difícil como los cambios en el capitalismo, los ejércitos o los nacionalismos excluyentes. Es preciso soñar otros caminos.

         Además, se cree que esto se puede hacer sin dialéctica, sin exclusión, sin condena, aunque no sin perplejidad y dolor. Hay que alejarse de polémicas irrelevantes o estériles donde, aunque vayan disfrazadas, son las cuestiones de poder las que se hallan en el fondo. El respeto ha de presidir este proceso y también la certeza de que hay sectores difícilmente recuperables por lo que no tiene sentido entablar una relación dialéctica con ellos.

         Ante la evidencia de la lentitud del proceso, hay quien piensa que jamás se llegará a modificar lo que ha perdurado durante siglos. Pero, en realidad, esos siglos son un pequeño paréntesis en la cultura humana y una sombra en los amplios desarrollos del planeta. Por eso, la lejanía del horizonte no implica su imposibilidad.

         Precisamente porque se cree que la utopía de Jesús es una buena aportación a la espiritualidad del sueño humano hay quien anhela otro modo de ser vivido y ofrecido a la sociedad. Esta ausencia de intereses espurios es la gran fuerza del anhelo por recrear la comunidad de Jesús.

         Creemos que Pascua puede ser tiempo propicio para esta clase de reflexiones y que se puede alimentar en este tiempo del triunfo de Jesús el sueño más querido por él, la comunidad nueva.

 

1. Es tarde, pero es nuestra hora

 

         Vamos a comenzar con un conocido poema del anciano obispo Pedro Casaldáliga:

 

Es tarde
pero es nuestra hora.

Es tarde
pero es todo el tiempo
que tenemos a mano
para hacer el futuro.

Es tarde
pero somos nosotros
esta hora tardía.

Es tarde
pero es madrugada
si insistimos un poco.

 

  • Cuando se plantean posibilidades, utopías, sueños, etc., muchos dicen: es tarde. Y tienen parte de razón. Se postergan las cosas por rutina, por desidia, por interés. Y cuando se quiere algo nuevo, es ya tarde. Pero hay que añadir: “pero es nuestra hora”. No tenemos otra, no hay otro presente que pueda ser puerta de futuro. No es el mero carpe diem, sino el aprovecha tu presente, toma conciencia de tu tiempo, implícate.
  • Todo el tiempo que tenemos a mano para hacer el futuro, porque ningún futuro nos es dado sin implicación, sin compromiso, sin poner algo de carne en el asador, a veces mucha. Los paladines del “no hay nada que hacer” o es gente interesada en mantener las cosas como están o son personas en las que ha acampado el desencanto. Tiene que haber una tercera vía: soñar otra situación y saber que puedo incidir algo en ella.
  • Muchas cosas de la sociedad y de la Iglesia nos han pilado a nosotros en “hora tardía”. Es verdad. Pero también los obreros de la última hora fueron admitidos a la viña (Mt 20,1-16). Los que andan por los márgenes de la institución quizá puedan ser mejor referencia que quienes están en el núcleo del sistema.
  • Será madrugada si se insiste un poco, si no decaen los sueños, si seguimos creyendo en las utopías y, sobre todo, si colaboramos un poco.

 

2. La luz de la Palabra: Lc 13,6-9

 

«Entonces dijo esta parábola: Cierto propietario tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo halló. Entonces dijo al viñador: -He aquí, ya son tres años que vengo buscando fruto en esta higuera y no lo hallo. Por tanto, córtala. ¿Por qué ha de esquilmar también la tierra? Entonces él le respondió diciendo: - Señor, déjala aún este año, hasta que yo cave alrededor de ella y la abone. Si da fruto en el futuro, bien; y si no, la cortas».

 

  • Todos sabemos que  Lucas aplica esta parábola a quienes no acogen el reino, sobre todo a la institución judía. Pero fácilmente se puede derivar hacia cualquier institución en su lado más cuestionable: la esterilidad que le afecta en cuanto a valores de humanidad. Estériles por inhumanas. La institución Iglesia no escapa de esta fuerte advertencia. A muchos les resulta evidente. Lo que se cuestionaría no sería la institución en sí, sino su esterilidad.
  • Lev 19,23 dice todo israelita practicante debía permitir que, si se planta un árbol frutal, los tres rimeros años se le deja crecer, el cuarto se lo consagra al Señor y solamente partir del quinto se pueden comer los frutos. El árbol de la parábola lleva ya ocho años. Con el que se pide alargar, nueve. Todo un ciclo completo. Las estructuras tienen un ciclo, no son eternas.
  • Si se pide “cortar”, aunque duro, es algo más benigno que arrancar toda la raíz. Del tocón pueden brotar hijuelos (en la higuera ocurre así). Quizá pueda surgir otra realidad de la experiencia de fracaso (que no lo sería del todo) de la vieja estructura.
  • Las estructuras estériles no son inocuas, “esquilman” la tierra, la empobrecen, la  anulan. Es su responsabilidad, de la que tendrán que responder. No es inocuo posicionarse en una o en otra.
  • Se pide un año de prórroga en el que se hará obra de labranza y abono. Habrá que agotar todas las posibilidades. Pero estas no se agotan dejando que corra el calendario. Es preciso actuar sobre la estructura vieja no para vencerla sino para percibir, por última vez, si hay posibilidad de un cambio.

 

3. Recordando utopías

 

         En este contexto conviene recordar profecías ya “consagradas” (no quiere decir escuchadas) y otras que están brotando hoy día. Apuntan a otra realidad eclesial. Entre las consagradas por los años, por más que olvidadas hasta por quienes las dijeron, nos permitimos citar a Josef Ratzinger en una radio alemana allá por 1969: «De la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorablePerderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión. Como pequeña comunidad, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros». No las citamos para echar en cara a su autor sus derroteros posteriores tan distintos, sino porque creemos que, más allá de esas circunstancias, se encierra ahí una indudable profecía.

         Otro creyente que no ha dejado de ser profeta es Hans Küng, anciano de 93 años. En 2013 decía: «La Iglesia necesita un Papa que no viva desde el punto de vista intelectual en la Edad Media, que no defienda ningún tipo de teología, liturgia ni constitución eclesiástica propias de la época medieval. Necesita un Papa abierto a las preocupaciones de la reforma, a la modernidad. Un Papa que defienda la libertad de la Iglesia en el mundo no solo mediante sermones sino luchando con hechos y palabras por la libertad y los derechos humanos dentro de la Iglesia, por los teólogos, por las mujeres, por todos los católicos que desean decir la verdad abiertamente. Un Papa que no siga obligando a los obispos a obedecer una línea oficial reaccionaria, que ponga en práctica una democracia apropiada dentro de la Iglesia, construida según el modelo del cristianismo primitivo. Un Papa que no se deje influir por ningún otro “Papa en la sombra” del Vaticano como Benedicto y sus leales seguidores».

         Muchos creyentes piensan que el papa Francisco va a dejar la Iglesia, más o menos, como la encontró en cuanto a renovación de estructuras se refiere. No le niegan la buena voluntad ni sus gestos elocuentes. Pero pesan más los contextos en los que se mueve, las personas que le rodean y su propia conciencia troquelada en el viejo paradigma.

         A pesar de ello, nunca ha habido un tiempo mejor para el mantenimiento de las utopías. Los analistas sociales nos animan a ello: «¡El futuro es ahora! Necesitamos nuevas y constructivas utopías. Para ello, queremos que los urbanistas y futurólogos, los expertos y políticos agrícolas, los visionarios y los pensadores alternativos den su opinión sobre cómo podrían idearse mejores sistemas y soluciones. Encontrar alternativas es tedioso y desafiante, pero valdrá la pena».

 

4. Itinerario de recreación

 

         ¿Cómo se logra recrear algo tan marcado por la historia como ha sido la Iglesia católica? ¿Cómo volver al punto inicial de la comunidad de Jesús en un contexto como el nuestro? Quizá haya que dar pasos como estos:

  • Valoración ecuánime de la imperfección: No se trata de anhelar la comunidad de Jesús cargando las tintas sobre los fallos históricos de la Iglesia. Esos fallos han de ser valorados ecuánime y críticamente. Pero el anhelo no se sustenta en el fallo, sino en la posibilidad que se abre hoy a soñar con la comunidad de Jesús creyendo que hoy es un tiempo más propicio para ello. Por eso mismo, además de, como hemos dicho, ser críticos, habría que agradecer a la estructura eclesiástica lo bueno que ha aportado para que hoy entreveamos la posibilidad de dar un paso más próximo al sueño evangélico de «uno es vuestro Padre y todos vosotros sois hermanos». Paradójicamente, es la imperfección la que permite la evolución y no se deben interpretar los fracasos como catástrofes insuperables.
  • Caminos de reparación creativa: Se trata de no “cambiar” para dejar las cosas como están porque, al ser tan compactas, se las considera incambiables o, peor todavía, por un cansancio vital que empuja a vivir en la indolencia sin afrontar los problemas de frente. Habría que intentar reparar creativamente la Iglesia, es decir, no simplemente reparar para que todo siga como antes, sino reparar para dar a luz una realidad nueva. Siempre hay oportunidades de reparar recreando porque algunas heridas históricas tienen curación. La mejor curación es dar el salto hacia algo de creciente calidad. «La resiliencia humana frente a la adversidad no deja de sorprendernos y siempre podemos recomponer nuestras ilusiones por vías alternativas». La sociedad de hoy, el momento presente, nos ofrece esas vías alternativas que eran impensables en otras épocas.
  • Observación atenta: Precisamente porque estamos hablando de algo delicado y de increíbles consecuencias se requiere un aguzado instinto de observación, de análisis y de silencio. No se logrará el salto de la Iglesia a la comunidad de Jesús con algaradas, aunque, a veces, el silencio observador exija justamente hablar. Sobran apreciaciones generalizadoras y necesitamos valoraciones matizadas y maduradas en el análisis y en la observación por más que las intuiciones tengan también su lugar en el proceso de cambio. Observar y escuchar son las garantías de un buen análisis. Eso es lo que nos ayudará a sintonizar el Evangelio con el entorno de hoy en maneras creativas y alternativas.
  • Introspección que se une al propósito de vida: Es algo sutil pero se encierra aquí un valor. El propósito de vida es la brújula que nos orienta en nuestro paso por el mundo. Algo de eso ocurre con la comunidad cristiana: quizá haya que recrear el propósito de vida. Parece que éste ha sido para la Iglesia su pervivencia en el tiempo. Para ello ha generado estrategias más de dominio que de servicio, más de supervivencia que de entrega, más de autorreferencialidad que de donación. Es cierto que ha habido personas y grupos con el propósito de vida contrario: entrega, generosidad y, en definitiva, amor. Pero la orientación general no ha sido esa. Lo que nos hace ver más clara la necesidad de una reorientación general que, de acuerdo con la espiritualidad evangélica, no puede ser otra que la recreación de la comunidad de Jesús. Este cambio de la función del propósito vital es el anhelo que subyace a todo el planteamiento.
  • Valoración emocional: A la hora de buscar argumentos que sitúen mejor la reflexión hemos de tener en cuenta no solamente los argumentos ideológicos, sino también los emocionales. Las estructuras manejan con habilidad y como argumentos únicos los ideológicos, jurídicos o morales. Pero la persona alberga sentimientos, intuiciones, dinamismos que obran en el interior del corazón y que llevan a la toma de decisiones. Por eso es muy importante descubrir que «la captura continua de emociones reduce los efectos  negativos del azar y de la incertidumbre al reforzar las actitudes positivas frente a la inevitable adversidad». Queremos decir con esto que el cúmulo de objeciones que se pone a un planteamiento tan exigente como el de recrear la comunidad de Jesús frente al estatismo del mantenimiento de la idea tradicional de Iglesia puede ser asimilado y valorado. Las emociones juegan en ello un papel importante si se las sabe orientar hacia un horizonte hermoso.               

 

5. Recursos reales

 

         ¿Con qué recursos reales cuenta quien albergue el anhelo de recrear la comunidad de Jesús? ¿Son recursos capaces de concretarse en una recreación real de la comunidad de Jesús en nuestro hoy? No totalmente. Pero sí que hay recursos para caminar en esa dirección. No se puede prever la duración del camino, pero es muy posible que sea largo. Enumerémoslos a grandes rasgos:

  • Recursos reflexivos: Es cierto que la reflexión espiritual y teológica, en general, no se sale de los parámetros marcados por la oficialidad. Pero hay muchos teólogos/as que, en una u otra medida, navegan por aguas de más creatividad reflexiva: Castillo, Arregui, Pagola, Pikaza, Queiruga, Fr. Marcos, Enrique Martínez Lozano, Pepa Torres, Ivone Gebara, Melloni, Corbì, E. Schüssler Fiorenza,  por no citar más que algunos, ofrecen un campo reflexivo que no apunta a la consolidación de la estructura eclesiástica, sino a su cambio. Una notable población creyente, crítica e interesada se nutre de ellos. Esa siembra dará cosecha.
  • Recursos experienciales: Sería inacabable la suma de pequeñas experiencias de fe que no se orientan al reforzamiento de la estructura eclesiástica, sino que caminan por sendas de desplazamiento. Son experiencias, hoy por hoy, marginales, y aunque marginadas, cuentan en el haber de una recreación de la comunidad de Jesús. Humildes comunidades de base (envejecidas, pero tenaces), grupos que celebran con conciencia autónoma, movimientos organizados que no tienen el aval de la institución (las más 200 asociaciones que componen “Redes cristianas”, los movimientos “Iglesia en libertad”, “Somos Iglesia”, el “Global Council Network” y tantos otros). Todo un mundo ignorado y desdeñado por el sistema eclesiástico pero que está ahí, transitando por otra búsqueda.
  • Recursos para mantener vivos los anhelos: Porque los hay, incluso dentro del mismo sistema eclesiástico (el episcopado alemán y su deseo explícito de conectar la fe con el hecho social), a pesar de que no llegan a fraguar bien por su sometimiento previo al sistema. Anhelos de otra realidad que albergan muchas personas sensibles al Evangelio y a la propuesta comunitaria de Jesús. Estos anhelos son dinamismos que no perecerán aplastados por la formidable maquinaria del sistema. Por eso quizá es por lo que tanto se les teme y se movilizan las fuerzas sistémicas para acallarlos.
  • Recursos avalados: Son avalados, sobre todo, por el hecho social en su lado más espiritual. Los confirman los numerosos ciudadanos, muchos de ellos cristianos, que ya no necesitan del sistema para pensar su espiritualidad e, incluso, para orar. Efectivamente, a los nuevos creyentes y a los nuevos orantes se les hace cada vez más irrelevante la realidad de la Iglesia. Pero incluyen con absoluta normalidad a los creyentes que buscan por caminos de más libertad y novedad. Lo avalan, así mismo, muchos buscadores del misterio que utilizan puertas distintas a la de la comunidad de Jesús pero fácilmente establecen una hermandad espiritual que no pueden construir con la Iglesia, artistas, científicos, literatos que, sin ser creyentes, tienen una sensibilidad espiritual englobante.

 

Conclusión

 

         ¿Puede servir una reflexión así para celebrar y vivir con más esperanza la pascua de este año tras la larga Cuaresma del coronavirus? Ojalá descubramos algún punto de conexión con el Resucitado. Porque, ¿de qué nos serviría celebrar la Resurrección si los sueños evangélicos no logran cobrar cuerpo? ¿Para qué una pascua que no nos animara a construir en nuestro entorno la comunidad de Jesús?