Retiro de Navidad 2019

 

 

 

UN ALIENTO QUE VIENE DE DIOS

La encarnación como espiritualidad de consuelo 

 

Una palabra de aliento, de ánimo, vale su peso en oro porque el desaliento, en sus variados grados, cerca la vida de la persona, aun la de la más animosa.

Una palabra de consuelo, un gesto de delicado respeto, resulta muchas veces necesaria porque el desconsuelo y las lágrimas no son ajenos a la vida de cualquier persona.

Una palabra de cercanía, un poco de acompañamiento nos es siempre necesario para paliar la experiencia de desamparo que también acompaña el devenir humano.

Por eso, podemos leer la espiritualidad de la encarnación como una espiritualidad de consuelo: el caminar de Jesús en nuestra historia humana puede ser leído como el gran gesto de consuelo que Dios ha ejercido con la historia. No se trata de una fría verdad teológica, sino que se trata de un cálido consuelo que sale de la mano amiga de Dios, de su corazón de Padre.

Desde ahí podremos vivir con más hondura la Navidad de este año, como tiempo hermoso para palpar más de cerca el consuelo con que Dios nos consuela a través de Jesús.

 

  1. 1.    Así te consolaré yo

 

En su día, allá por 2017, una foto nos llamó la atención. Era el tiempo de un gran incendio sufrido por el país vecino, Portugal. En la instantánea se veía a su presidente, Marcelo Rebelo de Sousa, consolando a un anciano en la cabina de una furgoneta, el único bien que había podido librar de las llamas. Y pensamos: si los humanos somos capaces de derramar consuelo en el fuerte desconsuelo de los humildes, ¡cuánto más Dios nos consolará en Jesús!

 

 

 


Como un hijo

que consuela a su padre

así te consolaré yo.

 

Acariciando

tu vieja barba

y tu boca desdentada

así te consolaré yo.

 

Mirándote a los ojos

ciegos de llanto

así te consolaré yo.

 

Subido a tu furgoneta,

a lo único que tienes

así te consolaré yo.

 

Ante la muda impotencia

de quien no sabe consolarte

así te consolaré yo.

 

Como quien no sabe sino amar,

a tu lado

así te consolaré yo.


 

  • Como consuela un hijo: Dice Isaías que Dios consuela como una madre  (Is 66,13-15). Pero aquí es el hijo quien consuela. Si percibiéramos que Dios nos consuela, nosotros consolaríamos a Dios en su necesidad de amor para con nosotros (así piensa E. Hillesum: ayudar a Dios).
  • Acariciando tu barba…tu boca desdentada: Dios nos consuela tocando nuestra limitación, contando con ella, sin avergonzarse de nuestra pobreza.
  • Tus ojos ciegos de llanto: Dios sabe de nuestros llantos porque llora con ellos. El llanto de Dios hace que nuestros llantos no caigan en el vacío (Sal 56,8: recoges mis lágrimas en tu odre).
  • Lo único que tienes: Dios valora lo poco que tenemos, potencia nuestras posibilidades menguadas (Lc 6,6-11: ponte en medio, extiende el brazo).
  • Ante la muda impotencia: Porque los humanos no encontramos, a veces, caminos de consuelo. Pero Dios acoge nuestra impotencia para darle incremento.
  • Como quien no sabe sino amar: Porque hablar del consuelo de Dios es hablar de su amor, de sus gestos de amor que hemos visto y comprobado en Jesús. Así sabemos que él nos amó primero (1 Jn 4,19).

 

  1. 2.    La luz de la Palabra: 2 Cor 1,3-5

 

«¡Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor, Jesus Mesías, Padre cariñoso y Dios que es todo consuelo! Él nos alienta en todas nuestras dificultades, para que podamos alentar nosotros a los demás en cualquier dificultad, con el ánimo que nosotros recibimos de Dios; pues si los sufrimientos del Mesías rebosan sobre nosotros, gracias al Mesías rebosa en proporción nuestro ánimo».

 

  • Padre cariñoso: El consuelo de Dios dimana de su cariño. Le viene bien a Pablo esta certeza, porque 2 Cor es una carta llena del sufrimiento que proviene de las comunidades de Corinto. En 2,4 se habla de que antes les había escrito “una carta con lágrimas”. Por eso se agarra al Dios que es “todo consuelo” (hermosa definición de Dios). 
  • En nuestras dificultades: El consuelo de Dios no es ajeno a las dificultades, sino que se da en medio de ellas, contando con ellas, aunque ellas sigan tercamente ahí. No es un consuelo que aleja de la dificultad sino que le planta cara contando con ella, luchando contra ella, asumiéndola con humanidad cuando no se pueda eliminar (En mi debilidad, me haces fuerte…cantan Brotes de olivo). 
  • Para alentar nosotros a los demás: El ánimo del Padre en la vida de Jesús tiene que pasar a los demás, tiene que ser común. El desaliento de los demás nos incumbe, ha de conmocionarnos y llevarnos a ofrecer un poco de apoyo. Entender la encarnación como ánimo exclusivo propio en no entenderla bien. 
  • Los sufrimientos del Mesías: Sufrimientos que se inician en el misterio de pobreza que es la encarnación y culminan en su trágica muerte. Esos sufrimientos “rebosan sobre nosotros”, son garantía de que nuestros sufrimientos y apuros tendrán una salida de plenitud. Es la fecundidad de la vida de Jesús, de su nacimiento y de su muerte que abocan a la vida. 

 

  1. 3.    Ahondamiento

 

  • Una fe para el consuelo: No para el desaliento, no para la alienación, no para la rutina, sino para el ánimo, la pasión, el coraje de vivir y creer cada día. Una fe de consuelo es resiliente, resistente, tenaz como son tenaces los caminos del amor.
  • Una encarnación para el consuelo: No para la rutina de cada año, no solamente para aceptar sin esfuerzo verdades ya hechas, no para el cansancio, sino para la certeza de estar envueltos en el ánimo de Dios, para leer el nacimiento pobre de Jesús con esperanza, para sentir a Jesús en nuestro mismo camino.
  • Una vida eclesial que consuele: No tanto que organice, que gestione, que ordene, sino que aliente al ciudadano en sus, a veces, desalentadas sendas de la vida. Una Iglesia que derrame consuelo en los lugares de más desconsuelo y que nunca contribuya a aumentar el desconsuelo que ya sufren los débiles. Una comunidad cristiana que empuje los avances científicos, que salga al encuentro de la cultura, que mire con amor los, con frecuencia, extraviados caminos de los humanos.
  • Una vida comunitaria envuelta en el consuelo: Porque nuestras comunidades, como es lógico, albergan desconsuelos de mayor o menor calado. Porque el desaliento se cuela en nuestra casa. Porque la tentación de apearse de la vida cuando los años se acumulan es real. Darse consuelo es generar fraternidad, animarse con gestos y palabras es construir la familia común.

 

  1. 4.    Derivaciones

 

  • Llegar al corazón: Porque ese es el lugar donde arraiga el consuelo. Tener corazón y amar el corazón de la persona. No quedarse en la superficie, en lo más banal. Apuntar al corazón para que los humildes consuelos que podamos darnos tengan vida dentro y no sea meras fórmulas de cortesía.
  • El consuelo resiliente: No terco, ni cabezón. No apoyado en un voluntarismo extraño. Pero sí, resistente, no hundiéndose a la primera dificultad, volviendo muchas veces a dar consuelo por encima del desaliento que pueda producir el que, a veces y al parecer, ese consuelo no produce fruto.
  • En los lugares del desconsuelo: Como Jesús mismo ha andado nuestros desconsolados caminos. No apartarse de los lugares del desconsuelo que producen congoja y pesimismo. Aguantar ahí con talante positivo, con una sonrisa si se puede, con una palabra que no se alía con el pesimismo del hermano.
  • Trabajos de consuelo: Que casi siempre suelen ser humildes aportaciones, pequeños gestos, palabras sencillas, maneras simples de estar cerca. Cualquier cosa que se haga por animar y consolar al hermano es trabajo de encarnación, porque no otra cosa es la encarnación, lo repetimos, que el consuelo con que Dios consuela a la historia humana.
  • Consuelo para los pobres: Ya que en Navidad, por lo que sea, tenemos una mirada algo más benigna sobre las pobrezas. Pensar en ellos, en los pobres, orar por ellos, llevarlos dentro. Quizá así pueda surgir algún humilde consuelo traducido en tiempo, escucha, cercanía, sintonía. La encarnación es un misterio de pobreza que apunta sobre todo a los pobres. Qué bueno sería que eso se notara en nuestra Navidad, aunque sea en cosas muy sencillas.
  • Una Navidad para el consuelo: Eso podría ser la Navidad de este año: para cultivar la certeza espiritual de que Dios nos consuela en el nacimiento de Jesús y para cultivar la certeza de que el camino del consuelo fraterno es, en verdad, un camino de encarnación. Hay en todo esto una fecunda veta de espiritualidad que podríamos aprovechar en estos días densos de espiritualidad.

 

  1. 5.    Itinerario

 

  • Del 25-29 de diciembre: Durante estos días activar el consuelo espiritual de celebrar con deseo y ánimo el misterio de la encarnación. Cuidar la oración. Dar algo de relieve a la eucaristía, celebrar la LH con la mayor propiedad que se pueda. Contrarrestar el ruido de fuera con un silencio profundizado.
  • Del 30 de diciembre al 5 de enero: En estos días derramar el consuelo fraterno de la escucha. Visitar a alguien que esté más solo. Escuchar implicativamente, interesándose de verdad por la situación del otro. Abandonar el reloj cuando se escucha.
  • Del 6 de enero al 11 de enero: Ejercitar en estos días la mirada a las pobrezas cercanas. Preguntarse, desvelar esas pobrezas. Orar por ellas. Preguntarse con paz si se puede hacer algo, algún pequeño consuelo que nos hable a nosotros mismos del consuelo enorme de la encarnación de Jesús.

 

Conclusión

 

Es la Navidad un tiempo muy bien, aunque sea breve, para hondar en los misterios de la fe y en el sentido de nuestra vida cristiana y fraterna. Ojalá no pase sin más. Iniciarla con un retiro está muy bien. Lo deseable sería mantener una saludable tensión espiritual en este período de la fe. Eso nos ayudaría a enriquecer nuestra espiritualidad contrarrestando el empobrecimiento de una Navidad superficial. Que el misterio de consuelo que es la encarnación nos aparezca más claro en la Navidad de este año.

 

Fidel Aizpurúa Donazar