Retiro en Pentecostés, fin de la Pascua 2018

 

 

 

BEBER LA VERDAD DE LA VIDA

El gusto por la vida como el mejor don del Espíritu

 

 

Introducción

 

        Esta evocación parte de un suceso puntual: estando en Taizé en 2010, después de la larga oración de la tarde, el hermano Roger departió largo rato al fondo de la Iglesia  de la Reconciliación con un grupo de franciscanos. El anciano monje, con una lucidez admirable, nos dijo entre otras cosas: “Ustedes tendrían que ser apóstoles del gusto por la vida, porque el gusto por la vida es el mejor don del Espíritu”. Parecen palabras impropias en boca de un anciano que parece haber agotado los recursos de la vida. Pero ahí reside justamente su valor: quien ha entendido la vida la disfruta hasta el último momento y, por paradójico que parezca, la disfruta cada vez más. Esto  resultaría imposible si el Espíritu de Dios no aleteara en esta realidad nuestra dinamizándola más allá de sus limitaciones.

 

        Ante tanto acíbar que se ha echado sobre la realidad de la vida (Brines dice que es un “sueño roto”, F.García Lorca dice taxativamente en su Oda a W.Whitman que la vida “ni es buena, ni noble, ni sagrada”; nada digamos de la corriente generalizada en la espiritualidad cristiana de menosprecio de la vida: “hozar en la tierra de la vida”, “sólo Dios basta”, “vida amarga”, “nada me retiene aquí”, etc...), tanta amargura vertida, no estaría mal que caminásemos por la senda de una reconciliación, hecha de benevolencia y amor, con esta vida nuestra, pobre pero hermosa, débil pero interesante, áspera pero conteniendo dentro la perla finísima del amor y de la posibilidad plena. Una formidable reconciliación con la vida, algo de eso está esperando el mundo hoy de los/as creyentes.

 

        Al fondo de todo esto hay un grave problema aún no resuelto: el de la reconciliación con la creación. Porque esa reconciliación no solamente habrían de hacerla los creyentes sino toda persona. Todos nos sentimos en lucha con la vida porque no hemos entendido que aquí está enterrada la hermosa semilla de lo pleno. Por eso es preciso trabajar mucho, fecundo trabajo, el de la reconciliación con la vida. Nos decía aquella tarde el hermano Roger: “¿Se han fijado Uds. que el Cántico del hermano sol de san Francisco es, ante todo, un formidable canto del gusto por la vida?”.

 

        Nada mal estaría que a la vieja lista de los sietes dones del Espíritu se añadiera este, más básico y más decisivo, del gusto por la vida. Aprender ese gusto no es fácil; requiere una perspectiva, un ahondamiento, un afán que quizá solo el Espíritu puede suscitar.

 

I. CON GEMIDOS INEFABLES

 

        Así dice Rom 8,26 que es el lenguaje del Espíritu. A esos gemidos que no tienen la forma de la palabra quizá los poetas se la den siendo voceros del Espíritu, quizá sin saberlo. Por eso, vamos a partir de un hermoso poema del poeta granadino Antonio Carvajal:

 

Como me dio la esperanza

su copa de alondras llena

y la bebí, sé que es buena

la vida cuando me alcanza

con su boca o con su lanza,

y venzo la soledad

a fuerza de claridad

y de risa y de alegría.

Por eso la vida es mía,

porque bebí su verdad.

 

  • La copa de la esperanza

 

Dice el poeta que la esperanza es la que ofrece a beber la vida. No hay manera de reconciliarse y de gustar la vida sino desde actitudes reales de esperanza. En el fondo de nuestra oposición a la vida puede latir una desesperanza crónica y básica, aquella que ha llegado a generar la certeza de que esto nuestro no vale la pena. Pero la esperanza, el anhelo del Espíritu, no se cansa de ofrecer la copa hermosa de la vida, suscitando mil oportunidades para quedar maravillado/a de esta trayectoria nuestra tan frágil y tan hermosa.

 

Esa copa que ofrece la esperanza está, dice, “de alondras llena”. Lo volátil es, quizá, lo más hermoso de la vida. Acostumbrados a un utilitarismo feroz, pensamos que lo que no “sirve para algo” no sirve para nada. Pero lo volátil sirve: los anhelos, las intuiciones, los movimientos del corazón, los sueños, la utopía, los regocijos del alma, la contemplación, el ahondamiento, la admiración, el gozo vital, etc. ¿Todo eso no “sirve”? ¿Qué sería nuestra vida sin ello? El Espíritu nos invita a beber esas “alondras”, esas cosas sutiles de las que está tejido el lienzo de la vida.

 

  • Cuando la vida nos alcanza

 

Solamente se puede verificar la bondad de la vida cuando “nos alcanza”. Solo cuando nos alcanza se puede generar amor hacia ella. Porque, por paradójico que parezca, podemos vivir sin que la vida nos alcance, sin que nos dejemos alcanzar por ella, en perpetua fuga de quien realmente nos ama. El Espíritu nos empuja a vivir la vida como interesados/as, como implicados/as. Alcanzados/as de lleno por la vida, envueltos en sus brazos, hasta terminar por mirarla no como un enemigo sino como el mejor don que se nos ha podido hacer, la posibilidad más abierta, el lenguaje de amor más claro.

 

Y desde esta perspectiva no importa que la vida nos alcance “con su boca o con su lanza”, es decir, desde su lado débil o desde el gozoso, desde el precio por lo histórico o desde su posibilidad. Porque quien ama la vida sabe mantener el amor en los momentos duros y en los gozosos. Más aún, por extraño que parezca, no es raro que los momentos duros lleven derechos a un fuerte crecimiento en el amor. Es entonces cuando se desactiva ese secular rencor que tenemos en el fondo de nuestra estructura contra esta amarga vida. Incluso desde esta manera de pensar se puede disfrutar más “de la boca” de la vida, de sus aspectos gratificantes, de sus horizontes siempre abiertos. La lanza y la boca, el precio y la posibilidad, lo débil y lo pleno, quizá puedan hablar al unísono el lenguaje del amor cuando se los toma desde el fondo.

 

 

  • Vencer la soledad

 

Que es lo mismo que lograr el éxito del camino de la vida. Porque la soledad es el rostro de nuestra mayor incomprensión ante la vida. Y de ahí se generan todas las amarguras que luego proyectamos en la vida como si ésta fuera realmente el enemigo cuando el enemigo está dentro. Vencer la soledad hasta saber que la nuestra es una vida acompañada, “con marido”, como decían los profetas. Sucumbir a la soledad es una especie de “blasfemia contra el Espíritu”, porque él es nuestro/a gran acompañante, dedicado absolutamente a lo nuestro. Cambiar la “tristeza de estar solo” por la certeza de tener siempre compañía. He ahí la gran mutación en lo básico de nuestra estructura  que el Espíritu se empeña, tenaz, en construir.

 

¿Cómo vencer la soledad? El poeta dice, en primer lugar, “a fuerza de claridad”, a fuerza de corazón ofrecido, de poner las cartas sobre la mesa, de confiar en el otro/a por encima de su frágil humanidad, a fuerza de no temer ser visto en lo que realmente se es. Y a “fuerza de risa y de alegría”, de gozo disfrutado, de vivir en estado permanente de ecología, de humor, de poesía. ¿Cómo vivir el amor sin buen humor? El Espíritu es sonrisa y fresca risa. Gracias a su risa sonríe el mundo cada mañana. Habría que decir al Espíritu lo de los versos del Capitán de Neruda: “Que no me falte tu risa....porque me moriría”. La certeza de la fe nos asegura que esa risa y esa alegría que genera la nuestra no nos va a faltar.

 

  • Beber la verdad de la vida

 

Ahí está el éxito: beber sin repugnancia, porque se bebe, en el fondo, la propia verdad. Beber la verdad de la vida habría de llevar al más fuerte encuentro, a aquel que hace que uno/a no se vea a sí mismo ni se tenga por un/a extraño/a. Beber la verdad de la vida no solamente es la prueba de la reconciliación con ella sino el abrazo más tierno a lo que somos personalmente y a lo que son los demás. Es la prueba de que se ha comprendido su debilidad y su gozo, con la promesa de un fiel y mutuo acompañamiento. Beber la verdad de la vida es que la utopía del amor anhelado y deseado se puede hacer realidad entre las personas y hasta con las cosas.

 

Solamente así se podrá decir que “la vida es mía”, no porque se ha querido atraparla y expoliarla sino porque se vive en la mutua entrega. Del mismo modo que la relación entre los que se aman nunca es posesión sino entrega aunque se emplee el posesivo “mío/a”. Por eso el Espíritu anima tanto a la entrega, a la donación, al vuelco del corazón, porque ese es el modo mejor de beber de la vida como quien bebe el agua que calma su más profunda sed.

 

II. CONJUGAR LOS VERBOS DEL DISFRUTE

 

        Porque  así vamos aprendiendo a desvelar no solo el lado amable de la vida sino su lado más verdadero. Este es una trabajo que hecho en común, con personas que sienten parecidos anhelos, resulta mucho más asequible.

 

  • Paladear

 

Porque tragamos las circunstancias de la vida sin paladearlas. Es nuestra manera nerviosa, poco agradecida y generalizada de beber la vida. El Espíritu, el mismo Evangelio, nos quiere hacer disfrutar de la vida al detalle, como quien quiere que nada se pierda relegado al olvido. El detalle, lo sabemos, es peldaño de la escalera del corazón. Quien gusta la vida en detalles, quien ama en los detalles, da pruebas de que entiende lo que es la vida y el amor.

 

Paladear la vida exige atención, cuidado, capacidad de admiración. Exige también ponerse cada vez en la perspectiva del otro/a porque es desde ella desde donde los detalles cobran su verdadero sentido. Paladear el detalle es algo muy próximo a la gran sabiduría de disfrutar de lo sencillo, de no perder la capacidad de maravillarse de lo cotidiano. Paladear la vida exige un sosiego, una actitud de aprecio y hasta una cierta imaginación para huir de la rutina que amenaza a lo sencillo de cada día.

 

  • Acompañarse

 

Que es la mejor manera de beber la vida cuando nos alcanza con su gozo o cuando nos hiere con su lanza. Quizá lo más que podamos hacer los unos/as por los/as otros/as en esta vida sea acompañarnos en la alegría del disfrute común y en la herida compartida. Acompañar es el mayor oficio del mismo Dios que ha hecho voto de acompañamiento con nuestra historia. De hecho, el Espíritu es el gran acompañante que no se fatiga jamás con nuestra pesadez y que siempre se alegra con nuestros gozos.

 

Acompañar es algo que está pidiendo el hacer de los intereses del otro/a los propios. Está pidiendo también un interés no solo por las cosas del otro/a sino por ese fondo suyo que a veces es tan extraño, caprichoso y egoísta como el propio. Y sobre todo pide un cambio de mirada, esa que no se queda en la superficie sino que pregunta por el interior y espera pacientemente a que se abra la puerta del corazón para transitar por él con el cuidado y el tiento de quien ama.

  • Disfrutar

 

Tan poco que se nos ha aleccionado sobre el disfrute y tanto sobre las obligaciones, el Espíritu explica día adía la asignatura de que esta vida, por pobre que se la quiera, tiene como cometido el irnos enseñando los hondos disfrutes a los que está llamada. Porque Dios ha sembrado en el último pliegue del corazón de la vida la certeza de que el paraíso existe, aunque esté al final y requiera un trabajo tan largo como la propia vida para poder llamar a su puerta. Es como si Dios te dijera: “Aunque no lo entiendas bien, has sido creado/a para el disfrute pleno”. Solo desde el cultivo de esta certeza puede tener sentido la historia.

 

Para disfrutar es necesaria una estructura personal de fuerte componente fraterno. Una fraternidad tan universal que abarque a las personas, a los animales y a la mismas cosas a quienes en inmediatez se tenga realmente por hermanos/as. Se requiere también llegar a un estado de enamoramiento del último valor de personas y cosas que no es otro que el de su dignidad. Es así mismo necesario la confianza mil veces manifestada de creer al otro/a capaz de cosas hermosas. Y desde ahí, el disfrute es un trasvase de vida, una sintonía que genera crecimiento en quienes se unen, una mirada unificada sobre la hermosura de la vida.

 

  • Ahondar

 

Que es lo mismo que contemplar, porque la contemplación no es sino un creciente ahondamiento de lo que se nos da. Ahondar para huir de la superficialidad que esteriliza nuestras mejores opciones y distorsiona la propia realidad y la de quienes comparten nuestra vida. Ahondar es, en el fono, una búsqueda de Dios porque él habita en la profundidad y quien sabe de la profundidad sabe también de Dios, como dijo Tillich.

 

Para ahondar es preciso detenerse, porque cualquier prisa es enemiga primera del ahondamiento que pide corazones sosegados y actitudes lo más serenas posible. Ahondar exige discernir, porque la realidad es con frecuencia confusa y tener todo claro no es el mejor de los síntomas. Ahondar pide sopesar, pero no como quien busca ganancias sino como quien quiere tratar a las personas y a las cosas con sumo cuidado. Quien ahonda se vuelve cada vez más benevolente, más cuidadoso/a, más colaborador/a y, en el fondo, más entregado/a. Incluso más, quien ahonda va aprendiendo a no huir del propio fondo, tan disgustante para nosotros/as a veces.

 

 

III. TAREAS DE VIDA

 

        Precisamente porque todo esto no es simple anhelo, vacía palabra, es preciso animarse a ir haciendo unas tareas que lleven a hacer crecer el gusto por la vida. Es la colaboración a la obra continuada del Espíritu en nuestra vida, porque como dice Jn 16,27, nosotros/as somos los testigos, los brazos con los que él va construyendo su gigantesca obra.

 

  • Gustar la universalidad

 

Porque siempre estamos muy tentados/as de pensar que solamente se puede estar a gusto en la pequeñita parcela donde uno/a es dueño y señor/a; porque creemos que lo que no abarco con mis medios personales es algo que no existe; porque persiste en nosotros/as esa mentalidad aldeana en que creemos que el mundo se acaba en nuestros pequeños límites...por todo eso es preciso gustar la universalidad, la casa común, el espacio de lo público, el vértigo de la aventura colectiva. Gustar la universalidad como la primera y mejor familia a la que pertenezco, la gran familia humana. Gustar la universalidad para desvelar en las miradas de otros ojos y en los latidos de otro corazón, la propia sangre que corre. Gustar la universalidad para no sentir como ajeno el dolor de quien es de otra tierra.

 

  • Gustar la innovación

 

Porque la rutina nos tienta siempre empobreciendo nuestros caminos; porque lo malo conocido nos atrae mucho más que lo bueno por conocer; porque no cambiar es postura lógica de quien es tardo para el compartir; porque refugiarse en el pasado es, con frecuencia, una forma de justificar nuestro presente...por todo eso es preciso, al filo del Espíritu, gustar la innovación. No como un afán superficial de cambiar por cambiar sino con la hondura de quien comprende que son no pocas las cosas que tienen que cambiar. Innovar para no dejarse atrapar por los sistemas anquilosados que, con frecuencia, conllevan una buena dosis de injusticia. Innovar para mirar al futuro con más confianza no por lo conseguido sino porque siempre es posible dar un paso más. Innovar para tender hacia la plenitud y situarse en la línea de Jesús y su Espíritu, innovadores del todo.

 

  • Gustar la pluralidad

 

Porque queremos hacer unidad haciendo obra de uniformidad; porque no sabemos despojarnos de la mirada desconfiante ante el distinto/a; porque tenemos poca facilidad para relativizar nuestros gustos y nuestras maneras unívocas de entender la vida; porque nos cuesta comprender la pluralidad de historias con las que está tejida la gran historia de lo humano...por todo eso, necesitamos ir aprendiendo a gustar la pluralidad, la hermosura de lo variado, las posibilidades que se acrecientan con las aportaciones de lo múltiple. Si hay algo plural es el Espíritu que escucha todos los sonidos y genera tantas respuestas y ayudas como grande es la diversidad de la realidad

 

  • Gustar la hermosura

 

Que quizá sea algo más que la belleza. A muchas personas se les ha creado el acceso a la hermosura como si eso fuera solamente patrimonio de quien dispone de recursos para conectar con la belleza. Pero la hermosura que incluye a la belleza es patrimonio de lo humano. Es el lado mejor de la realidad personal y el destino más fraterno de las mismas cosas. La hermosura tiene muchos lenguajes y siempre hay uno de éstos para toda persona. En el fondo, saberse llamado al disfrute de lo hermoso de la vida va parejo a la conciencia del derecho a la felicidad de toda persona y del más concreto derecho a sentarse en el banquete de esta vida. El Espíritu suscita belleza y hermosura y dice incansable que estos bienes son patrimonio común de toda persona, no parcela acotada de unos/as pocos/as.

 

Conclusión

 

        Ser espiritual es algo que se ha confundido con un espiritualismo exiliado de lo humano. Es hora de devolver a la espiritualidad su corporalidad, su historicidad, de la que nunca habría debido separarse. Por eso:

 

  • Ser espiritual es estar en el lado donde bulle la vida, admirado/a y agradecido/a de haber sido llamado/a a esta fiesta inacabable por el Espíritu que anima el fondo de la vida.
  • Ser espiritual es estar abierto a la vida gustando las posibilidades crecientes que nos da por la generosidad inagotable del Espíritu.
  • Ser espiritual es llegar a hacer un pacto de buena vecindad, e incluso de amor, con esta historia que el Padre nos ha dado como mejor don y que el Espíritu mantiene en creciente potencialidad.
  • Ser espiritual es sentirse parte del coro de la vida, contento/a con ser una pequeña melodía en esta gran sinfonía que es el caminar de la persona por la historia. El mismo Espíritu une su voz a ese coro, más como cantor solidario que como director que busque aplausos.
  • Ser espiritual es haber comprendido que la pasión por Dios es la misma pasión por lo humano vivida en profundidad y en trascendencia que ahonda. Por eso el Espíritu tiene a lo humano por saludable y amorosa “obsesión”.