Retiro en la Pascua de 2018

 

 

LA FUENTE DEL AMOR:

JESÚS EN EL CIMIENTO DE LA VIDA

La resurrección entendida como manantial de amor

 

         Hay muchas maneras de decir la resurrección de Jesús. Casi todas ellas de componente ideológico, dogmático. Algo inapelable envuelto en el misterio. No se sabe qué es, no se entiende, porque es misterio. ¿No habría otra manera de decirlo, una manera que nutriese más, que alegrase más, que sugiriese más? ¿Una manera que no fuese fría e impenetrable? ¿Cómo reproducir la exclamación de aquel o de aquella primera discípula que dijo “está vivo”?

         Es la pregunta que muchos se han hecho, aunque su pregunta pase casi desapercibida por su contraria: ¿de dónde brotan el bien y la belleza? Casi siempre nos preguntamos por la fuente del mal. ¿Y la fuente de la bondad, dónde está? Esa misma es la pregunta de la resurrección.

         Tiene que brotar, necesariamente, de una fuente de amor donde se halle el origen del amor. La física cuántica ha querido llegar al último ladrillo de la existencia analizando las partículas más indivisibles. Hasta que ha logrado intuir que lo último está en la interdependencia, en el amor.

         Por eso, ¿cómo reformular la resurrección desde su fuente, desde el amor? ¿Cómo entender que para saber de resurrección (?) hay que saber de amor? ¿Cómo caer en la cuenta de que hablar de resurrección sin experiencia de amor es hablar de algo que se ignora? ¿Se podría hacer un intento de reformulación de la resurrección desde la perspectiva del amor?

         Por cansina y estéril que nos parezca la palabra “amor”, volver sobre ella quizá pueda contribuir a una espiritualidad “nueva” sobre la resurrección y nos sitúe en parámetros alejados de una ideología que nos aporta poco. Quizá sea ingenuo plantearse una Pascua como Pascua desde el amor y para el amor. Pero tal vez haya ahí alguna posibilidad.

 

1. Una definición de poesía y de resurrección

 

         El poeta Vicente Aleixandre dio una definición de poesía que nosotros decimos que podría ser una definición de resurrección.

Fuente de amor;

fuente de conocimiento;

fuente de descubrimiento;

fuente de verdad;

fuente de consuelo;

fuente de esperanza;

fuente de sed;

fuente de vida;

Si alguna vez la Poesía no es eso, no es nada.

 

  • Fuente de amor: ya que si la resurrección no aviva el amor, todo amor, estamos fuera de su órbita. 
  • Fuente de conocimiento: de conocimiento experiencial, de sabiduría viva, no fuente de conocimientos ideológicos.
  • Fuente de descubrimiento: descubrimiento de esos secretos de vida que nos hacen más humanos, más disfrutantes, más verdaderos.
  • Fuente de verdad: que no de verdades. Fuente de esa verdad que dice que el donde la vida cobra sentido dándonos a los demás.
  • Fuente de consuelo: el consuelo que no solamente calma, sino que sostiene, que genera resiliencia, fuerza para salir más animoso de la prueba inevitable.
  • Fuente de esperanza: de la esperanza que no son solo palabras, sino horizontes, certezas de que hay una casa que nos espera.
  • Fuente de sed: por extraño que parezca, algo que, bebiéndose, da más ganas de beber la vida a sorbos, de estar vivos por dentro, amigos de todo lo vivo.
  • Fuente de vida: la vida que lleve a preguntarnos sin cansarnos quiénes somos, qué hacemos aquí, cuáles son nuestros proteicos deseos y cuáles han de ser prioritariamente atendidos.
  • Si alguna vez la resurrección no es eso, no es nada: porque si no fuese algo de eso estaríamos ante la esclerotización de nuestra experiencia cristiana, fe del sistema que se contenta con lo de fuera.

 

2. Los que lo habían amado desde el principio

 

         Hay un texto hermoso de Flavio Josefo, historiador judío del tiempo de Jesús, que muchos han creído, de tan interesante que es, una interpolación en la obra de este autor (Las antigüedades judías). Pero parece que fundamentalmente es suyo. Salvadas las añadiduras, al decir de los técnicos, el texto reza así:

 

“Por ese tiempo existió Jesús, un hombre sabio. Era, en efecto, hacedor de obras extraordinarias y maestro de hombres que acogen con placer la verdad. Atrajo a sí a muchos judíos y también a muchos griegos. Aunque Pilato, por denuncias de los hombres principales entre nosotros, lo castigó con la cruz, no lo abandonaron los que desde el principio lo habían amado. Ellos dijeron que estaba vivo. En efecto, todavía ahora sigue existiendo la tribu de los que por éste son llamados cristianos” (XVIII 63-64). 

 

  • La descripción que hace de Jesús como “hombre sabio, hacedor de obras extraordinarias y maestro de hombre que acogen la verdad” se acomoda más al gusto de los paganos que al de los Evangelios que dicen que “pasó haciendo el bien” (Hech 10,38).
  • Le parece al autor un hombre influyente que, denunciado por las autoridades, fue condenado a la cruz.
  • Pero lo que nos interesa es lo siguiente: “no lo abandonaron los que lo habían amado desde el principio”. Es decir, el amor de los seguidores y seguidoras de Jesús que brotó desde el principio resistió el hachazo de la cruz y su tremenda repulsión social. Y se mantuvo. Ese amor es el que les llevó a la certeza de que estaba vivo, a flexibilizar el tema de su presencia.
  • La “tribu” lleva el nombre de cristianos, pero si no llevara la certeza anterior, sería un nombre vacío.

 

3. Iluminación bíblica: Jn 14,22-23

 

         “El otro Judas, no el Iscariote, le preguntó:

         -Señor, y ¿a qué se debe que nos vayas a manifestar tu persona a nosotros y al mundo no?

         Jesús le contestó:

         -Uno que me ama cumplirá mi mensaje y mi Padre le demostrará su amor: vendremos a él y nos quedaremos a vivir con él.

 

  • Este pasaje se inserta en el “discurso de adiós” del EvJn (13-17). Son textos testamentarios que, por ello, tienen un valor añadido. Textos importantes que han de ser leídos en profundidad, apuntando a lo de dentro.
  • Puede ser considerado este texto como el culmen de la espiritualidad joánica. Para entenderlo, el autor da unos pasos previos: a) hay que entender la relación con Dios en modos hogareños; b) hay que lanzarse con ánimo al camino que es Jesús, c) hay que tener la certeza de quien lo hace así, se topa con el Padre; d) si se cree que esto es difícil, que se sepa que el Padre ora en nuestro favor. Así se puede entender la “manifestación” del amor del Padre, ese modo suyo de darse a la persona que se capta en la medida en que hay amor, no por mero raciocinio.
  • ¿Qué dice ese mensaje profundo de Juan? Que el Padre y Jesús han tomado una decisión de vértigo: “abandonar” su cielo y bajar al fondo de la existencia para poner allí su morada a perpetuidad (sentido incoativo de “quedarse”). O sea: esa realidad que llamamos cielo porque en ella está Dios se halla en el fondo de la realidad, no fuera de ella. De manera que quien quiera dar con ella, lo que tiene que hacer es ahondar en la realidad, recuperar la profundidad, porque en esa profundidad, en ese cimiento, está la fuerza del amor.
  • O dicho de otra manera (al modo de Rom 7,14ss): la persona vive normalmente en la superficie, en lo que se ve y toca. Pero tiene raíces que sustentan muchos modos de comportamiento superficiales. Pero hay una zona oscura, un fondo de sombra y lo sabemos porque, a veces, sale de ese fondo una fuerza que nos hace odiar a quien decimos amar, y hacerle daño. Pues bien, es en ese fondo donde el Padre y Jesús han puesto su morada, porque ahí su presencia es necesaria, es salud, es fuente amor.
  • O de otra manera aún: la realidad cósmica en su proceso de expansión que aún está funcionando tiene en su interior, no fuera de ella, una fuerza de energía imparable que se expande a velocidades enormes y en cuyo proceso estamos inmersos. Esa fuerza de dentro es lo que las religiones llaman Dios. Él ha puesto su morada en ese increíble proceso expansivo de miles de millones de años.
  • De una manera más cordial: no estamos solos, no estamos dejados de la mano de Dios, él acompaña nuestro caminar histórico. Otra cosa es que lo veamos o no, porque la limitación nos atosiga. Pero eso no impide el que siga ahí, el que sea cimiento necesario de lo que existe. Esta certeza de una vida acompañada es la que habría de aportarnos sosiego, equilibrio y paz interior.
  • Por todo ello podemos nombrar a esa fuerza como fuente del amor. La resurrección de Jesús es lenguaje del amor del Padre para confirmarnos en esa presencia, para estar seguros de que el amor no dejará de brotar jamás, por muchas que sean las trabas que nosotros le pongamos. Esta resurrección dentro, en lo profundo, en el cimiento de la vida, en la raíz del ser demanda, para ser gustada, ser, antes, contemplada. No es cuestión de discurso ideológico es cuestión de sensibilidad espiritual, de mística.
  • Este es el nuevo bautismo de la Pascua: sumergirnos en la historia divina y evolutiva y comprometiéndonos con la contemplación y la narración de esta historia en cada época nueva. Así se hace verdad el quedarse para siempre de la realidad de Dios ceñida a esta historia cósmica que evoluciona.

 

4. Reflexión

 

  • Un Dios dentro: la física cuántica nos muestra cómo el universo está en expansión debido a una fuerza que explotó hace millones de años cuando la energía del silencio descansó sobre un horizonte de nada pura. Entonces, un sonido poderoso explotó como una bola de fuego imponente. El silencio engendró la danza y la danza explotó en la vida. Esta energía infinita danzó hacia la existencia en modos de gran creatividad. Por eso la tierra es tan radioactiva y mantiene su centro caliente por las continuas reacciones nucleares. Incluso muchos átomos en toda la superficie siguen todavía explotando. Está calculado que en nuestro propio cuerpo 3 millones de átomos de potasio explotan cada minuto. Esa fuerza de dentro puede recibir el nombre de Dios: un Dios que es fuente de energía, de vida, y, si se mira desde el amor, fuente de amor. No un Dios lejos, fuera, en su cielo, no se sabe dónde. No, se sabe dónde: en el centro de la vida, sosteniéndola, produciéndola, amándola. La verdad de Dios en ese centro es lo que la resurrección de Jesús quiere enseñarnos. La mejor respuesta es la contemplación admirativa, la alabanza, el éxtasis ante aquello a lo que pertenecemos. ¿Puede ser esto rodeado de cordialidad hasta que pueda entrar en nuestro corazón tanto o más que lo que entró con las representaciones religiosas tradicionales? Ojalá.
  • Mirando hacia adentro: Todo tiende hacia la superficie, e incluso hacia lo que está por encima de la superficie, las ensoñaciones (la publicidad es su aliado perfecto). Pero en la superficie es difícil encontrar al Dios de dentro. Ya lo decía P. Tillich: “El que sabe de la profundidad, sabe también de Dios”. De ahí que si se quiere dar con el Dios de dentro haya que hacer trabajos por recuperar esa dimensión perdida de la profundidad. De lo contrario, el resucitado que es aliado del Dios de dentro no brillará con la luz que puede dar claridad a nuestros paso. ¿Cómo se hace eso? Las técnicas de recuperación de la profundidad son conocidas y practicadas desde siempre: oración, reflexión, lectura, silencio, contemplación de la naturaleza, disfrute de la belleza sencilla, diálogo serio, vivencia de valores humanizadores, etc. Ya lo dice aquel texto de Hech 1,11: “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?”. Hay que mirar en dirección de lo profundo, de la propia historia, de la historia social, de la naturaleza leída desde una perspectiva nueva.
  • Una fuente incluyente: Porque todos bebemos de esa fuente de amor, de ese Dios desde dentro que la resurrección nos pone delante, todos quedamos incluidos, no hay sitio para la conciencia aislada, para la exclusión. Quedamos incluidos por la participación en la bondad esencial de un cosmos que es bueno en dinámica expansiva. Conceptuar lo creado como malo es denigrar al creador, a la fuerza benéfica, imponente, que expande todo. De ahí que la Pascua lleve directamente a considerar que hay una bondad básica sembrada en todo lo creado. Esa bondad es la que nos incluye en la gran familia cósmica, la que da sentido a la fraternidad cósmica, al ser hermanos en el cosmos que es la casa común de todo lo que danza. ¿No es esto suficiente para romper la multitud de muros con la que rodeamos nuestra vida, para desacreditar las fronteras con las que pretendemos salvaguardar nuestra identidad, las tapias que ponemos al huerto de nuestro corazón para que nadie entre?
  • No descreer del amor: A eso habría de llevarnos la Pascua, ya que las heridas que conlleva nuestro ser historia nos pueden conducir a que el triunfo del amor que mueve el cielo y la estrellas es una quimera que nos hemos inventado para hacer más soportables nuestros días, tan aciagos, a veces. No, la resurrección es lenguaje inmediato para decirnos que el amor triunfará en todo el proceso cósmico. Así podemos entender que el Dios de dentro, silencioso pero potentísimo, también habla el lenguaje del amor que se traduce en la evolución del cosmos hacia su horizonte recreado siempre. Y ello tendría que animar el metro cuadrado en el que se mueve nuestra concreta existencia: una vida en la que no descreamos del amor, sino que siempre brille la humilde llama del cariño que da luz a las pupilas y reconforta el interior para caminar con los hombros levantados, para percibir el brillo de las creaturas cada día.

 

5. Derivaciones

 

  • Tiempo para hacer más viva la bondad: Porque la bondad es un ideal divino. La Pascua habría de llevarnos a hacer profesión de bondad, voto de buenas relaciones, promesa de leer la persona del otro desde el respeto tierno. Habría de notarse que los cristianos estamos en tiempo de bondad. Tendría que respirarse otro aire, otra convivencia, otra cercanía. Si cada año dedicáramos cincuenta días a vivir en estado de bondad sería una formidable terapia positiva para todo el año. ¿Dejaremos pasar este tiempo sin más? ¿Lo consideraremos, meramente, como un tiempo litúrgico?
  • Rostros entendibles: Porque el amor, la buena relación, la bondad son términos muy gastados y muy empobrecidos, hay que ponerles rostros entendibles que los traduzcan a maneras diarias de poder vivir esa fuente amor a la que lleva la espiritualidad de la resurrección. Rostros como la generosidad, que es salsa para todos los guisos; un amor tacaño ¿cómo va a traslucir la realidad de un Dios y de un resucitado que son la fuente del amor? Otro rostro sería el aguante cariñoso, esa manera de ser hermano que aguanta sin malas palabras, sin condenas, sin exigencias duras. Los que llevamos muchos años celebrando la Pascua habríamos de ser maestros avezados en la resistencia lúcida. Un tercer rostro es la manera adecuada, lo más exacta posible y lo más amable posible, de leer la realidad del débil. La Pascua podría ser un aprendizaje para acoger ese “arcaico corazón”, como dice B. Atxaga, para entender sus gritos, sus lloros, el descacharre en el que a veces se mueve.
  • Tiempo para la mística: Siempre creemos que no pertenecemos al club de los místicos porque pensamos que ahí solamente entran los grandes de la fe, la élite, unos pocos escogidos. Pero la mística es lo que bulle dentro, el motor que se mueve en conexión con la fuente del amor, la verdad que uno lleva debajo de la piel, el hervor de lo que emociona y sobrecoge, la fibra sensible que vibra al roce del aire. ¿Cómo decirlo? De cualquier manera, la Pascua es tiempo bueno para la mística, para sobrecogerse, para el estremecimiento, para el vibrar del corazón. ¿Cómo vamos a saber nada de la resurrección sin estremecimiento? ¿Cómo vamos a sentir la presencia del resucitado sin recibir en los pliegues del alma el aire fresco de su cercanía? Puede ser que todo esto se crea que es lírica vacía. Pero no realizaremos nuestro deseo apasionado de entender algo de la resurrección sino sumergiéndonos en la contemplación llenando la vida de experiencias que nos sobrecojan y que se acojan en silencio. Hace falta tiempo, sosiego y oración para andar por estos vericuetos.
  • Voto de amor: Hemos dicho más arriba que Pascua es buen tiempo para hacer voto de amor, algo que es más fundamental y quizá más interesante que cualquier otro voto religioso. Seguramente que en aquellos nos iría mejor si hiciéramos este. El voto de amor, el que ha hecho Jesús con nosotros, puede ser tan serio, productivo y valioso como cualquier otro voto, o más. El voto de amor es aquel que se hace deseando que el amor, las buenas relaciones, sean el núcleo de nuestra experiencia creyente y humana. Nadie puede quedar excluido de él por sus opciones concretas de vida. Más aún, muchas de esas opciones (familiares, religiosas, sociales) se quedan en nada si este voto no funciona. ¿No podría ser la Pascua un tiempo bueno para ahondar en tal voto? ¿No es una alegría honda comprobar que la resurrección de Jesús es el sello de su voto de amor para con nosotros?

 

Conclusión:

 

         Puede ser que estos esfuerzos por nombrar las cosas de la fe de otra manera estén desvelando nuestras carencias. Pero también significan nuestro deseo de una Pascua “distinta”. En la medida en que nos lleven en la dirección de la fuente del amor, habremos acertado. Que el resucitado, agua de vida y de amor fiel para nosotros, nos lo conceda a raudales.

 

Itinerario pascual para descubrir la fuente del amor:

 

1-7 de abril: La fuente del cosmos. Mira lo creado cada día. Alaba por las creaturas, pequeñas y grandes. Mira al cielo cada noche. Pon en tu mesa alguna creatura, una piedra, una planta. Tócalas, ora con ellas: ¡Gracias, Señor, por la fuente de amor del cosmos!

 

8-14 de abril: La fuente de la tierra. Pisa la tierra con amor, tócala acariciándola. Llámala Madre, como san Francisco. Pon un cuenquito de tierra en tu cuarto. Tócala cada noche. Bésala. Dile que es fuente de vida.

 

15-21: La fuente del corazón. Mira al corazón humano como partícipe de la fuente de la vida. La maravilla de su latir que es vida. Pon en Google la expresión “arcaico corazón”. Ahí tienes un hermoso poema de B. de Atxaga. Ora con él cada noche.

 

22-28: La fuente de la Palabra. Porque la Palabra se nos convierte en fuente que mana hasta la plenitud. Agradecer la posibilidad de leer, orar, escuchar la Palabra. Poner la Biblia, con una velita en un “rincón orante” de tu cuarto. Llámala con el nombre de “fuente”.

 

29-5 de mayo: La fuente de Jesús. Su corazón hondo del que salen sangre y agua. Fuente en la que saciamos nuestra sed más devoradora. Decirle con cordialidad: ¡mi fuente! Poner un pequeño icono de Jesús en la mesilla de noche. Pedirle cada día que leamos los rostros de los pobres como rostro de Jesús.

 

6-13: La fuente del resucitado. Desear entender y vivir la resurrección desde la fuente del amor que es Jesús. Acordarse de él tratando de ver los acontecimientos como acontecimientos de luz. Hacer una lista sencilla de acontecimientos de luz social que veamos esta semana. Tener la lista a la vista. Poner al lado una velita que signifique la luz que es la fuente de amor del resucitado.

 

13-20: La fuente de Dios. Contemplar a Dios dentro del proceso cósmico como fuente de amor. Orar con el poema de san Juan de la Cruz: “¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre!” (viene como himno de Vísperas en la solemnidad de la Trinidad).