Retiro en Navidad 2015

 

 

EN BUSCA DE UN SUEÑO

 

        Puede que los sueños estén desprestigiados. El viejo calificativo de “soñador” no dice bien de una persona. Y, sin embargo, no podemos vivir sin sueños. Es la señal de que uno está vivo. Solamente los muertos carecen de sueños. Es cierto que, con frecuencia, nuestros sueños están escondidos, agazapados. Diríase que no existen. Pero están ahí, debajo de la piel, callados a veces, activos otras. Pero siempre ahí.

        Hablamos de sueños, no ensoñaciones. Los sueños son tales cuando se pone algo de nuestra parte para que puedan ser una realidad. Las ensoñaciones, por el contrario, son sueños sin intención de poner nada de nuestra parte. Estos se esfuman como la niebla; los otros persisten cada vez que damos un paso en la dirección que marcan.

        Por experiencia sabemos que, generalmente, nuestros sueños son pequeños, se adaptan a lo cotidiano. Hay quien piensa que, de pequeños que son, nuestros sueños son raquíticos. Pero, de cualquier manera, en esos sueños, en esos anhelos se urde nuestra vida. Son su esqueleto. Sin ellos, nuestra vida se derrumbaría como un castillo de arena. Por eso resulta preciso mirar con aprecio el mundo de nuestros sueños, incluso de los sueños que hace brotar el mundo de la fe.

        Y dando un paso más se podría decir que Dios tiene sus sueños. Lo sabemos por Jesús (el gran sueño de la fraternidad, el reino), lo sabemos por los escritos del NT (reconciliar todo: Efesios, Colosenses). Y lo sabemos por el “misterio abrupto” (Rahner) de la encarnación. ¿Qué otra cosa puede querer decir este loco afán de Dios de querer mezclarse a lo nuestro sino mostrar la evidencia del gran sueño del Dios de Jesús de mezclarse hasta el fondo con nuestro pobre camino humano?

        Podríamos vivir este año la Navidad como el tiempo en el que contemplamos el sueño que Dios acaricia: el de unirse a lo nuestro para que eso nuestro, tan humilde, cobre otro brillo y tenga horizonte. Esto nos unirá con todos los sueños de las personas, sobre todo con las de quienes están peor.

 

1. En busca de un sueño

 

        El cantor y poeta cubano Silvio Rodríguez tiene un sencillo pero luminoso poema donde viene a decir que todo lo que vive, hasta Dios mismo, anda tras un sueño. Puede iluminarnos.

 

 

En busca de un sueño 
se acerca este joven 
En busca de un sueño 
van generaciones 

En busca de un sueño 
hermoso y rebelde 
En busca de un sueño 
que gana y que pierde 

En busca de un sueño 
de bella locura 
En busca de un sueño 
que mata y que cura 

En busca de un sueño 
desatan ciclones 
En busca de un sueño 
cuántas ilusiones 

En busca de un sueño 
transcurren los ríos 
En busca de un sueño 
se salta al vacío 

En busca de un sueño 
abrasa el amante 
En busca de un sueño 
simula el tunante 

En busca de un sueño 
tallaron la piedra 
En busca de un sueño 
Dios vino a la tierra 

En busca de un sueño 
partí con mi día 
En busca de un sueño 
que no hay todavía.

 

  • Tras los sueños van “las generaciones”: es un sino de lo humano, andar tras sueños, motor de nuestros caminos. El día que nada soñemos estamos muertos.
  • A veces los sueños son “hermosos y rebeldes”. La vida se encargará de rebajar su tono. Pero esa “rebeldía” es el deseo de andar caminos no hollados, de tender a la justicia común y general. Que no muera tal rebeldía. 
  • A veces los sueños son “locos”: una locura que “mata y cura”. Por eso mismo habrá que discernir los sueños, para tomar lo que cura y para tener mucho cuidado con lo que mata.
  • Es verdad que los sueños pueden desatar “ciclones”. Habrá que tener cuidado. Pero por no sufrir esos ciclones no vayamos a matar las ilusiones.
  • Los ríos plácidos también sueñan. Una vida sencilla puede tener sueños. Y para los que tienen más ánimo, los sueños pueden animarnos a “saltar al vacío”, a andar caminos que nunca se han transitado.
  • Amor y engaño se envuelven en sueños. De nuevo, habrá que discernir para saber separar la paja del trigo.
  • Hasta Dios mismo vino a la tierra en busca de un sueño: la fraternidad, la reconciliación, la honda humanidad. Ahí está el misterio del Dios que se une a lo nuestro tras su sueño. Acariciar el sueño de Dios.
  • Y luego está el sagrado sueño de los pobres, de los que “parten un día”, de los que no lo tienen todavía. Ese sueño es tan sagrado como el Dios. En la Navidad habría que acercarse más al sueño humildísimo pero necesario de los que lo pasan mal.

 

2. Los sueños en la Palabra

 

        También la Palabra de Dios es un itinerario de sueños que se concatenan los unos a los otros. Mostremos tres pasos:

 

a) El viejo sueño de soñar a Dios: Gen 28,10-19

       

“Allí soñó que había una escalinata apoyada en la tierra, y cuyo extremo superior llegaba hasta el cielo. Por ella subían y bajaban los ángeles de Dios”.

 

        Es el famoso “sueño de Jacob” cuando huye de su hermano a casa de su tío Labán. En el camino tiene una visión, un sueño incubatorio que desvela su gran anhelo: ¿me acompaña Dios en este exilio? ¿Sigue Dios conmigo después de haber roto con mi hermano? ¿Puedo pensar que Dios aún me sigue amparando? La respuesta le viene en ese sueño: una escala por la que transitan los ángeles que une el cielo y la tierra, lo de Dios y lo humano. Es decir: Dios sigue soñando con lo humano, aunque los humanos fallemos en nuestros caminos. El sueño de Dios no está a merced de nuestra debilidad, sino a la de su amor.

 

b) Cuando el sueño tomar carne: Jn 1,50-51

 

        “Jesús dio (a Natanael): -¿Es porque te he dicho que me fijé en ti debajo de la higuera por lo que crees? Pues cosas más grandes verás. Y le dijo: -Sí, os lo aseguro: Veréis el cielo quedar abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar por el Hombre”.

 

        Ya no estamos en el sueño de Jacob, sino en la realidad de Jesús: los ángeles suben y bajan “por el hijo del hombre”. Es decir: el sueño de Dios ha tomado carne en la realidad de Jesús. Al ver su “carne”, su persona, podemos pensar con justeza que el sueño de Dios no ha sido una imaginación nuestra, sino que ha elegido la carne de Jesús, su historia, para hacernos ver su indefectible decisión de mezclarse con lo nuestro, de meterse en el fondo de la vida, de acompañarnos para siempre, más allá de cualquier debilidad. Su vida y su cruz es la verdadera escala que une lo de Dios y lo nuestro.

 

c) La persona, ámbito de unión entre Dios y la historia: 1 Cor 6,19

 

        “Sabéis muy bien que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros porque Dios os lo ha dado. No os pertenecéis, os han comprado pagando; pues glorificad a Dios con vuestro cuerpo”.

 

 

 

        Al fin, nuestro “cuerpo” nuestra realidad histórica es donde habita el Espíritu, la realidad viva de Dios. O sea: el viejo sueño de Dios de mezclarse a lo nuestro, se une en nuestra carnalidad, en nuestra pobre carne. En nosotros se va cumpliendo el sueño de Dios, en nuestra familia biológica y humana, en nuestra comunidad, en nuestra sociedad, en nuestro mundo. Somos el rostro del sueño de Dios. Por eso hay que cuidarlo para que refleje de verdad, con humanidad, lo que Dios hace con nosotros, su fiel acompañarnos.

 

3. Profundización:

 

a) Una espiritualidad de los sueños

 

        No habríamos de creer que eso es algo superficial. Ya hemos dicho que los sueños están en la espina dorsal de lo humano, en su estructura. Una espiritualidad de los sueños es aquella que los considera como un dinamismo de la persona y de la misma fe. Una fuerza que ayuda a entendernos, a celebrar, a encajar nuestra limitación. Basar esta espiritualidad en el sueño de Dios y en la concreción de Jesús le otorga densidad. No habrá que sucumbir a la fácil tentación de creer que los sueños son solamente sombras.

 

b) Soñar lo de Dios con Dios

 

        No entra fácilmente en nuestro imaginario la idea de un Dios que tiene sueños y que su mayor sueño (mezclarse a lo nuestro) es la razón hermosa de nuestra fe en él. Habría que enriquecer el imaginario sobre Dios con estas perspectivas inusuales: Dios sueña que lo nuestro y lo suyo salen ganado cuando se mezclan. Un Dios menor, que nos sirve, que nos acompaña, que ha hecho voto de fidelidad a lo nuestro. Un Dios que ha quemado las naves viniendo “de su cielo” a nuestra historia para siempre, a hacer de lo nuestro, tan pobre, su verdadero cielo.

 

c) Agradecer a Dios su sueño

 

        Agradecérselo entrañablemente, incomprensiblemente porque es incomprensible que Dios haya tomado una determinación tal. Agradecer en el no saber de su hondísima generosidad que casi ni la olfateamos. Agradecerle su fidelidad sin otro sentido que el de su hondo amor. Un agradecimiento místico, que se pliega sobre sí mismo por su incomprensibilidad.

 

d) Misterio de sueños

 

        Eso es la encarnación, un misterio donde se mezcla el sueño de Dios con nuestros sueños limitados. Un misterio de sueños mezclados. Y creer que eso está a la base no solamente de nuestra experiencia creyente en la Navidad, sino en la base de misma vida. Mirar la realidad con los ojos de los místicos horizontales que traspasan la costra de lo que aparece a la vista para situarse en una profundidad que no se ve.

 

4. Caminos de vida

 

1)   No sucumbamos al “realismo”: Porque esa es la primera tentación: hay que ser realistas. ¿Es que la evidencia de los sueños no es real? ¿Es que, desde la fe, no es real la mezcla del camino de Dios y de los nuestros? Si el realismo es herramienta para no caer en las ensoñaciones, bienvenido sea. Pero si es para matar algo tan vivo como nuestros sueños o los de Dios, escapemos de él.

2)   Valorar los humildes sueños: Porque esa es una objeción: nuestros sueños cotidianos son humildísimos, a veces rozan con la mezquindad. Somos así y esos son nuestros sueños. Valorémoslos más allá de pobreza porque en su oscuridad brilla una luz parecida a la que ilumina los ojos de Dios cuando nos dio a Jesús.

3)   No abandonar los grandes sueños: Porque sean grandes y nos parezcan casi inalcanzables, no los abandonemos. El gran sueño de la fraternidad universal, el imprescindible sueño de la justicia, el sueño evangélico de que mengüe y desaparezca el llanto de los ojos de los pobres, el sueño de todos los estómagos llenos, el sueño de hacer retroceder a la muerte causada por humanos, etc. Sueños lejanísimos, pero si los dejáramos de lado, ¿cuál sería, entonces, el horizonte de nuestra vida?

4)   Suscitar sueños: Porque eso no es engañar a las personas. Suscitemos sueños posibles, aunque hoy no puedan cumplirse. Hagamos que los ojos de sencillos, de los humildes, de los precarios, brillen con el brillo de una pequeña posibilidad, de una salida a sus situaciones. Contribuyamos a que los sueños de nuestras comunidades no mueran y se apaguen por nuestra causa.

5)   Hablemos de nuestros sueños: No nos dé vergüenza, no pensemos que no tenemos derecho a hablar de ellos vista nuestra limitación, no consideremos que es inútil porque tales sueños nunca van a cumplirse del todo. Hablar de sueños es una de las formas más vivas de hacer fraternidad.

 

Conclusión

 

        Celebremos este misterio de sueños que es la encarnación del Señor. Hagámoslo celebrando con regocijo el sueño de Dios, más allá de nuestras limitaciones. Celebremos acogiendo ese hermoso sueño de Dios y acogiendo nuestros sueños. Creámonos soñadores y soñadores en esta Navidad, y siempre. No hay sombra que pueda contra uno que sueña. Que la Navidad ablande y alegre nuestra entraña humana para acercarnos al sueño de Dios.