Retiro en la Pascua de 2015 

 

 

¿CÓMO ENTRAR EN EL ALMA ROMPIENDO SUS HIELOS?

La resurrección de Jesús como vivencia cálida de la vida y de la fe

 

Introducción

 

            La vida nos depara, a veces, situaciones, momentos, tiempos de frialdad. Es algo que se mete en las rendijas del corazón, en lo profundo del ser y hace que los días sean grises, desapacibles, que produzcan escalofríos. Es la frialdad de la vida, inevitable con frecuencia. Es un frío del alma que se queda en el interior de los huesos.

            ¿Cómo hacer que ese frío vital sea el menor posible? ¿Cómo ayudarnos a que nuestra vida alcance el mayor nivel de calidez posible? Desde ahí queremos leer la resurrección de Jesús, como una experiencia de calidez que lleva a crecer en tal calidez. En nuestro imaginario religioso, la resurrección es una “verdad”, algo que afecta sobre todo a lo ideológico. ¿No podría vivirse como algo orientado a lo antropológico y a la experiencia espiritual? Desde ahí se podría pensar en una resurrección que quiere hacer más cálido el caminar humano, que persigue alejar los hielos que se cuelan en el alma humana, que anhela desatar los dinamismos del corazón.

            Cuando llega a nuestra vida cada año el tiempo de Pascua, este podría ser entendido como una posibilidad de reorientación de la espiritualidad, por modesto que sea el intento. Dejar que pase como una verdad que no llega a los adentros de la persona sería una pérdida.

 

1. ¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?

 

            Es un verso de un poema hermoso de José Hierro (“Respuesta”) que inspira inicialmente esta reflexión y que nos ofrece el título para este folleto.

 

Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.

Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente.

Que tú me entendieras a mí sin palabras

como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde.

 

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte,
Hace ya mucho tiempo aprendí hondas razones que tú no comprendes.
Revelarlas quisiera, poniendo en mis ojos el sol invisible,
la pasión con que dora la tierra sus frutos calientes.

 

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte.
Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve.
Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma,
yo quisiera que a ti, en lo más hondo, también te quemase y te hiriese.
Criatura también de alegría quisiera que fueras,
criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte.

 

Si ahora yo te dijera que había que andar por ciudades perdidas
y llorar en sus calles oscuras sintiéndose débil,
y cantar bajo un árbol de estío tus sueños oscuros,
y sentirte hecho de aire y de nube y de hierba muy verde...

 

Si ahora yo te dijera
que es tu vida esa roca en que rompe la ola,
la flor misma que vibra y se llena de azul bajo el claro nordeste,
aquel hombre que va por el campo nocturno llevando una antorcha,
aquel niño que azota la mar con su mano inocente...

 

Si yo te dijera estas cosas, amigo,
¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,
qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?
Y ¿cómo saber si me entiendes?
¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?
¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?
¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna,
poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?

 

Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.

 

  • Sin palabras: Porque hablar de calidez es hablar de otra cosa que meras palabras. Es preciso aprender a situarse en el silencio para entender algo de los dinamismos vivos de la resurrección.
  • Me preguntas y no sé qué respuesta he de darte: Es más importante intuir que responder, imaginar que tocar, ahondar que comprobar. Lo verdadero de una experiencia de vida se ancla en lo profundo, en lo que está más abajo de la piel.
  • Una loca alegría: Eso es lo que hay en el fondo de la vida. En la superficie, donde habitualmente vivimos, nos puede la tristeza, la dura pena. Pero, en el fondo, habita la alegría inarrebatable de lo hermoso de la vida. Llegar a ese fondo, he ahí la tarea.
  • Lo perdido...lo débil...lo oscuro: Ahí hay aire, nube, roca que rompe la ola, antorcha...Vida en definitiva. En lo hondo habita la vida, imparable, terca, presente, activa.
  • ¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?: Ese es el asunto, cómo bajar a esa verdad de dentro que queda sofocada por lo de fuera. Cómo no sucumbir a los hielos de cada día. Cómo meter algo de calidez en la frialdad de la existencia. Cómo hacer de este camino nuestro un lugar de relación cálida.
  • ¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?: Lo mismo que dice la verdad de Jesús: vencida la muerte. La muerte de ahora, la muerte compañera de camino, las muertes que hacen frío el caminar humano.
  • Luna en la noche…lumbre celeste en la oscura tristeza: Eso es lo que pretende la resurrección de Jesús, su persona, sus palabras.

 

2. Texto evangélico: Lc 24,36-45

 

36Mientras hablaban de esto, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: -Paz con vosotros. 37Se asustaron y, despavoridos, pensaban ver un fantasma. 38Él les dijo: -¿Por qué ese espanto y a qué vienen esas dudas? 38Mirad mis manos y mis pies. soy yo en persona. Palpadme y mirad: un fantasma no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. 40Dicho esto, les mostró las manos y los pies. 41Como aún no acababan de creer de la alegría y no salían de su asombro, les dijo: -¿Tenéis ahí algo de comer? 42Ellos le ofrecieron un trozo de pescado asado; 43él lo cogió y comió delante de ellos. 44Después les dijo: -Esto significaban mis palabras cuando os dije, estando todavía con vosotros, que todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí tenía que cumplirse. 45Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran la Escritura.

 

            Yo, Lucas, como digo al principio de mi Evangelio, quise indagar, muchos años después de su muerte, sobre la persona de Jesús y la de sus seguidores. Por eso escribí un Evangelio. Lo más difícil fue escribir sobre lo de después de su muerte. Tuve que utilizar los moldes culturales de la época. Y pinté la resurrección al modo de la época. Pero, en realidad, la cosa fue más sencilla, más humana, más cotidiana, más honda.

            Aquellos de Emaús habían dado cobijo a un transeúnte. Y éste "repartió el pan" al modo de Jesús, empezando por los últimos de la mesa. Como lo hacía Jesús. Estaban hablando en Jerusalén, a su vuelta, con sus seguidores que mientras hubiera alguien que repartiera el pan comenzando por los últimos, él estaría vivo. De eso hablaban.

            Pero ni aun así desaparecía el espanto que había dibujado en el alma y en el rostro de los seguidores por el hachazo de la muerte violenta de Jesús, de su crucifixión. "Asustados y despavoridos". Así seguían. Para ahuyentar el fantasma del miedo empezaron ha hablar de la "carne y los huesos" de Jesús, de su amable persona, de su sonrisa, de su fortaleza, de sus abrazos, del brillo de sus ojos. Querían ahuyentar el fantasma de su muerte violenta.

            Pero alguien se atrevió y dijo: -No, hablemos también de "las manos y los pies", hablemos claramente de su muerte injusta, de su terrible exclusión de la sociedad y de la vida. Al principio solo eran lágrimas y silencio. Pero luego fueron brotando las palabras y por las rendijas del alma asomaron el asombro y la alegría. ¿Cómo pudo amar tanto? ¿Cómo pudo darse hasta ese extremo? ¿Cómo pudo poner por delante nuestro bien al suyo? Lo mejor era que estas preguntas no tenían respuesta. O sí había respuesta: amor, esa era la respuesta única.

            Y luego recordaron las comidas con él, comidas de pobreza, de "pescado asado", comida de pescadores, pero comidas de alegría, de encuentro, de complicidad, de descanso. ¿Podría haberse perdido todo aquello? No, de alguna manera, él seguía comiendo cuando se reunían, cuando lo recordaban. Él también, vivo y resucitado, comía el "pescado asado" cuando ellos lo comían recordándole. Estaba "delante de ellos" cuando se sentaban a comer.

            Entonces "se les abría el entendimiento" y comprendían lo que habían dicho las Escrituras de aquel pobre que salva por su entrega, por tu total amor. Venían a su mente los cantos del Siervo pobre que soñara Isaías. Y se decían: él era el siervo pobre que abraza al mundo por su amor entregado. Y todo se iluminaba. Y los hielos del alma se derretían. Y se hacía verdad aquello que poco después de la muerte de Jesús dijera Pablo de Tarso: la muerte había sido vencida.

            No lo dudaban: estaba vivo y con ellos. La tristeza se derretía como la nieve bajo el sol de abril. Una "fuerza de lo alto" se instalaba en el fondo de sus vidas. Los temores se alejaban como las sombras al amanecer.

 

3. Reflexión antropológica

 

            La calidez humana es lo que muestra y da la talla del nivel de humanidad que alberga el corazón. Por eso, el cultivo, de tal calidez no puede traer sino beneficios al caminar de la persona. Eso romperá los "hielos" que se van acumulando en la suma de nuestros días. Veamos algunos aspectos:

 

1) Mirada cálida: Porque los ojos fríos contagian frialdad, y la mirada cálida envuelve de calor al otro. La mirada es la puerta del corazón. Si es cálida, el corazón se abre; si es dura y fría como el hielo, el corazón se cierra. La mirada cálida atraviesa la costra de mal y de hielo que envuelve a la persona y desvela el amor de fondo, la bondad esencial, el amor que anida en los pliegues del alma. Esas miradas construyen la vida, la embellecen más allá de sus limitaciones.

2) Palabras cálidas: Porque el mal y el bien se hacen, en su mayor parte, con palabras. Las palabras cálidas (no melosas, zalameras, tramposas) generan círculos concéntricos de calidez. Van de menos a más. Las palabras cálidas son esos dardos al corazón lanzados con benignidad, cuidado, aprecio, respeto, delicadeza. Las palabras cálidas son una potente medicina para el corazón herido, helado, congelado, inerte.

3) Relaciones cálidas: No solamente educadas, respetuosas, amables, que no es poco. Calidas quiere decir que el otro ha entrado en el mismo calor que alberga el propio corazón, que se le hace partícipe del ambiente cálido que hay en el propio interior. Es, en el fondo, des-centrarse para dejar sitio al otro en el propio centro, sabiendo que eso no nos despoja de nada, sino que nos enriquece, a la vez que enriquece, lógicamente, al otro. Estamos hablando del tipo de relación que no busca el lucro a costa de los demás ni el insensato afianzamiento de uno pisando al otro, sino que anhela el mutuo enriquecimiento de quien entabla una relación humana.

4) Escucha cálida: Porque se puede escuchar de muchas maneras: con atención o no, con empatía o no, con interés o no. La escucha cálida es la que se mete en lo que se le ofrece como confidencia, la que hace obra de discernimiento con quien habla y la que no elude tomar postura, aunque aquello de lo que se trata no sea estrictamente el propio problema. Escuchar como se desearía ser escuchado en situación similar. Esa actitud deshace el hielo de la soledad y del aislamiento.

5) Pasos cálidos: Acompañantes, acompasados, entrelazados, disfrutados con los pasos del otro. No consiste la vida en caminar al propio ritmo y sálvese quien pueda. Eso lleva a un profundo "hielo" vital, a una frialdad de vida. Cuando uno sabe que sus pasos están acompañados, la calidez vuelve al alma, el sol sale de nuevo sobre la fría escarcha que se derrite.

6) Amparos cálidos: No únicamente amparos institucionalizados, obligados, por oficio, amparos retribuidos y reconocidos. Los amparos cálidos son los que brotan del simple amor y no buscan mayor beneficio que ver al otro disfrutar y crecer, salir a flote de la fría vorágine en la que, a veces, se convierte la vida. Urdir esa clase de amparos solamente puede hacerlo quien ama, quien se da, quien mira con benignidad las sendas del otro.

 

4. Reflexión teológica

 

            No suele ser la calidez elemento integrante de la reflexión teológica habitual. Se lo considera como elemento de otro ámbito. Sin embargo, una reflexión teológica que no incluya la calidez deliberadamente ¿no se convierte en algo frío, racional, que no termina de llegar a los adentros del corazón, de la verdad de la persona? El "descrédito" al que a veces aluden los mismos teólogos (J. M. Castillo) sobre el trabajo teológico, ¿no tendrá que ver, en su origen, con la frialdad de la reflexión teológica? ¿Podría hacerse otro tipo de reflexión? ¿Se puede tratar el tema de la resurrección de una manera viva sin hacerlo cálidamente?

 

1) El abrazo de un Dios cálido: Ese ha sido el de la resurrección. No se trata de entrar en otra dimensión, sino en la calidez hondísima de un abrazo. Que Dios abraza, lo sabemos por la misma Escritura ("No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios; siempre te ayudaré, siempre te abrazaré con la diestra de mi justicia": Is 41,10). Quizá hemos considerado que esa metáfora era poco elocuente. El mismo NT caracteriza a Jesús como "sentado a la derecha de Dios" como quien reina (Mt 26,64). Pero Dios abraza a Jesús que viene de la muerte, algo de eso es la resurrección y su calidez. Si Jesús creyó en un Dios que quiere que nada se pierda (Jn 6,39-40), ¿cómo va a privar a su pobre Hijo del mejor de los abrazos? Entender la resurrección como el abrazo del Padre a Jesús llena de calidez su recuerdo, es fuerza que se convierte en ánimo  y habla de la vida pujante del Padre que se derrama, de Jesús que la recibe y de nosotros que nos beneficiamos de ella.

2) Un Jesús resucitado, dador de vida cálida: El sentido de la presencia de Jesús en la historia es, según Jn 10,10, que el caminar humano “tenga vida…y abundante”. “Dar vida” es su trabajo y sabemos que da vida “porque ama” (Jn 5,21). Esa vida que da Jesús es cálida, la que proviene del camino compartido. El suyo no es un abrazo desde el cielo, desde el Olimpo de los dioses, sino desde la vida compartida. Jesús sabe de abrazos. Fue generoso con los abrazos. Muchos los experimentaron. Abrazó a niños, a mujeres, a viudas, a enfermos, a muertos incluso. Se prodigó en abrazos. Abrazó porque en aquel signo común se trasmitía a la persona el oculto abrazo del Padre. Cuando la gente era abrazada por Jesús sentía que algo de Dios pasaba a ellos. Por eso, cuando habló del Padre que persona siempre, habló de uno que acogió al pródigo con abrazos, besos y lágrimas. Nunca se avergonzó de sus abrazos. Más aún, cuando habló de la gran fiesta del cielo la entendió como una boda donde abundan los besos, abrazos y caricias. Y cuando habló del abrazo que Dios da a los pobres lo hizo abrazando a un chiquillo. Sin sus abrazos, su mensaje habría sido poco más que una doctrina y sus sueños poco más que una utopía inalcanzable. Pero sus brazos envolvieron todo ello de honda humanidad y por eso impactaba e impacta aún su propuesta. Por sus abrazos sabemos de la calidez de la vida que da. No es la salvación fría, sino la vida que caldea lo más recóndito de los sótanos humanos. Creer en la resurrección y no experimentar esa calidez, resulta contradictorio.

3) Una Iglesia con flores en la puerta: Hace ya muchos años que sonó aquella canción de R. Cantalapiedra “La casa de mi amigo” que tanto nos impactó. Proponía “irse de la casa” en busca de otra sencilla, con flores, y con calor. Pero ¿no es posible que el calor acompañe a la comunidad de hoy? A ciertos niveles, sí. El Papa Francisco lo demuestra. Y, a su manera, la evidencia de muchos cristianos que siguen soñando con otra Iglesia posible. Su tenacidad es encomiable; su aguante y su resiliencia nos dejan boquiabiertos. Quizá pueda contrargumentarse que todo sigue igual, y, en parte, así es. Pero algo nos dice que hay posibilidad de cambiar los templos en casas con flores, los códigos en acogida fácil, los ritos fríos en signos de calidez y de aliento que hablen de vida y de posibilidades para todos. Cuando el Papa convoca a un “año santo de la misericordia” ¿no está apuntado a ese estilo de Iglesia que la antepone a cualquier otro asunto?

4) Una sociedad de cálida inclusión: Porque los lentos, los parados, los que están en riesgo de exclusión, los frágiles están amenazados de naufragio, de ser aherrojados del barco del progreso. Muchos de ellos intentan desesperadamente (y no es una metáfora) subirse a él. Siempre hay anhelos de inclusión; siempre hay gente que mira al frágil como miembro de la sociedad a pleno derecho, siempre hay personas que sacan lo mejor de sí mismas a la hora de darse a quien anda lento. Mientras nuestras calles sean tan frías, mientras no entendamos que la vida de la ciudad es proporcional al amor que recorre las venas sociales, mientras entendamos la aglomeración urbana como mera suma de recursos, mientras las nuestras no sean “ciudades de los seres humanos”, como decían los monjes del desierto, no habremos dado el paso hacia la vida entendida como dicha a conseguir, como regocijo a disfrutar, como alegría a explotar.

5) Una naturaleza que reconforte: No solamente que nos sojuzgue en sus extremos o que pasemos de ella como si no fuera la casa en la que moramos, la barca en la que vamos con el resto de criaturas. Sentir la vida latiendo en ella y pasando a través de una red de conductos capilares hasta el interior de cada persona. Experimentar en modos sencillos el aliento de vida que viene a través de su entrega generosa, de sus colores bellos, de sus manifestaciones insólitas, de sus más minúsculos seres que viven para hacer posible la vida de otros seres. Tocar la vida tocando las cosas, gustar la vida con el sabor de las criaturas, llenarse de gozo con el gozo simple de cada cosa que vive bajo el sol.

 

Conclusión

 

            Entender únicamente la resurrección como una doctrina es empobrecer su dinamismo. Por el contrario, mirarla como una fenómeno de profunda vida, como un trasvase de calidez vital, como una ósmosis de amor que va envolviendo cada uno de nuestros paso, quizá sea la mejor manera de vivir este años la Pascua de Jesús. Eso sería “poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste”, como diría F. Brines, dar otro color a los días y otro aliento a nuestros caminares.

 

 

ITINERARIO PASCUAL

 

  • Semana de Pascua (6-12 abril): La calidez del abrazo del Padre a Jesús: Contempla esta semana de Pascua a Jesús abrazado por el amor del Padre, consolado por su caricia, iluminado con  su sonrisa. Imagina a Jesús y al Padre abrazados largamente. Un Padre que consuela a su Hijo que viene de la muerte.
  • Semana 2ª (12-19 abril): Una calidez para dar vida: Intenta esta semana conectar con la vida, la de las personas, la de los seres, la de la tierra. Conectar con la vida, amarla, bendecirla, agradecerla. Hacerse consciente del milagro que es vivir y respirar, hacer parte de lo vivo.
  • Semana 3ª (26 abril-2 de mayo): Una comunidad cristiana distinta: Colabora a una comunidad de vida, de vivir con y para el otro, donde vivir sea un gozo, estar un amparo y abrazarse un ánimo. Destierra la languidez, el cansancio, la rutina, el pasotismo.
  • Semana 4ª (3-9 de mayo): Un calle, unas plazas con sol: Desea que tu pueblo, tu ciudad, tu barrio sean realidades con vida para todos, sobre todo para los lentos y frágiles. Colabora a que haya un poco más de vida en tu entorno, vida cálida, bien relacionada. Construye la buena relación.
  • Semana 5ª (10-16 de mayo): Un disfrute sencillo y gozoso del campo florido: Es Pascua Florida. Disfruta del campo, de la naturaleza que se viste de sus mejores galas. Admírate de la vida que irrumpe con fuerza. Percíbelo en los detalles sencillos de los seres que te rodean.
  • Semana 6ª (17-23 de mayo): Una semana de gratitud: Agradece la vida, la calidez que se derrama en ella. Agradece el sol que nos calienta, el amor de Jesús que nos reconforta, el amparo humano que nos produce calor dentro. Agradece el tiempo de Pascua como tiempo cálido de espiritualidad.

 

 

Fidel Aizpurúa Donazar